"Así nació Mission Hope"

En el verano del 2001 me diagnosticaron Esclerosis Múltiple, una enfermedad incurable y degenerativa con la que tenía que aprender a vivir desde ese momento en adelante. Desde el primer día, Dios me dio la gracia de saber que esta enfermedad era un regalo y una oportunidad para santificarme y vivir de cara al cielo. Me atrevo a decir que, después de mi vocación a la vida consagrada, esta enfermedad ha sido el mayor regalo que Dios me ha dado.
 
Yo soy muy cobarde para el sufrimiento y desde niña, cada vez que me ponían una inyección o me sacaban sangre, me desmayaba invariablemente. Cuando supe que el tratamiento para la enfermedad eran inyecciones y no sólo iba a inyectarme cada día, sino que tendría que hacerlo yo misma, pensé que si no lo hacía por alguien, con una intencionalidad apostólica, mi vida sería cada día más difícil. Yo sé que el amor es la fuerza más grande, y que por amor a otros soy capaz de hacerlo que no soy capaz de hacer por mí misma.
 
Desde la primera inyección puse nombre y apellido y empecé a ofrecerlo por personas que sabía que necesitaban mis oraciones y mi sacrificio. Cada día tenía una intención y poco a poco me empezaron a llegar peticiones especiales de algunos que sabían que estaba ofreciendo mis inyecciones. "Por favor, en tu inyección de hoy, encomienda a mi tío que está a punto de morir y no se ha confesado"… "por favor ofrécelo por mi hermana que tiene que mañana tiene que presentarse a un juicio y tiene todo en contra"… En los momentos más difíciles para mí, cuando me sentía más débil, nunca me faltó alguna petición "urgente" que me recordara que mi sacrificio tenía mucho valor a los ojos de Dios, y si lo unía al de Cristo, Él lo bendecía infinitamente.
 
Dios fue muy bueno conmigo y, para aumentar mi fe, me permitió ver muchas veces frutos inmediatos de mi oración y me hizo palpar que verdaderamente mi sufrimiento está vinculado misteriosamente a la salvación de muchas almas.
 
Así empecé a formar mi costal: la bolsa simbólica en la que pongo a todas las almas por las que ofrezco mi sacrificio y también cada uno de los sacrificios y actos de amor que voy viviendo durante el día. Me convencí de que atesorando para el cielo ningún sacrificio se pierde, por pequeño que sea. Es verdad que hay que esperar hasta el final de la vida para ver con totalidad el valor que Dios da a cada acto de amor, si estoy unida a Él por la vida de gracia, pero tengo la certeza de que ese día llegará, y en el cielo veré que todo ha valido la pena. Todas esas personas por las que yo ofrecí mi dolor estarán ahí ayudándome a mí también a entrar al cielo, y ahí sí la alegría será para siempre.
 
Dios me ha permitido vivir estos años de enfermedad para enseñarme que Él no desoye a sus hijos cuando sufren, y que si he consagrado mi vida para amarlo y colaborar con Él en la redención de las almas, la cruz es el camino privilegiado para lograrlo. Así, aunque a los ojos de los hombres mi vida pueda parecer inútil, yo sé que a los ojos de Dios mi vida es igual de valiosa, o quizá ahora sea más fecunda, porque no tengo oportunidad de distraerme con tantas cosas. Lo que importa es vivir para el cielo y aprovechar el tiempo que tengo de vida para llenar mi costal.
 
Han pasado más de siete años, con sus momentos fáciles y difíciles, pero siempre el pensar en el cielo y saber que mi costal me necesita me ha dado la fuerza para seguir adelante y con alegría. Al inicio pensaba que las almas de mi costal me necesitaban, pero estoy convencida que realmente soy yo quien las necesita, si no estuvieran ahí "pidiéndome" que abrace la voluntad de Dios con amor, que me ofrezca por ellas, muchas veces no habría salido adelante.
 
Desde hace tiempo tenía la inquietud de poder compartir con otras personas que sufren las motivaciones tan sencillas, pero tan sólidas que a mí me han ayudado a perseverar todos los días. Finalmente pude reunir en un "kit" todos los elementos que a mí me han sostenido y empecé a compartirlos en las oportunidades que tuve… yo misma me sorprendí del resultado… y me di cuenta que este regalo no es sólo para mí, que Dios me lo dio para que lo compartiera con muchos otros. Vivir de esta forma no sólo me ha cambiado a mí la vida. En menos de un año tenía ya más de 200 personas formando parte del batallón de intercesores. Hoy el batallón sigue creciendo; más de 300 personas que están ofreciendo cada día su pequeña cruz para unirla a la de Cristo y colaborar con la salvación de las almas. Este estilo de vida no cambia la realidad, no cura a los que están enfermos ni devuelve a los seres queridos a quienes los han perdido, pero da un sentido cristiano al propio sufrimiento, el sentido que realmente tiene, y recuerda que la vida definitiva no es ésta, sino la eterna, y vale la pena invertirlo todo para alcanzarla y ayudar a que muchos otros la alcancen.


Marcela De Maria y Campos